"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

lunes, 29 de octubre de 2012

Capítulo I.

"Hace frío, frío de invierno sin brasa, frío de habitación vacía.
Aún no hay nadie en los pasillos, y las paredes suspiran temblando ante la futura marabunta y el ruido y los golpes.
Sentada en el suelo, parpadea una luz.
Oigo pasos en la escalera; un destello rojo en la penumbra.
Supongo que te había visto antes, pero fue ese el primer día en que realmente te vi.
Y llevabas el abrigo negro, y el peso en el hombro derecho y los guantes sin dedos.
Corrías hacia la salida como un rayo de luna.
Irías siempre en contra del mundo.
Alejándote y acercándote de mi como esos juegos de peonzas que se dan calambres y vuelan una alrededor de la otra hasta que se chocan y se alejan y vuelta a empezar.
Me recordaste a un personaje de libro.
Después sonó el timbre.

jueves, 4 de octubre de 2012


No quise romperte el corazón.
Mi campo de violetas.
Ni arrancártelo de tu adorable pecho.
Pero eras tú o mi cordura.
Y nunca estuve preparada para estar loca.
Para preservarte una vez roto, me he comido tu corazón.
He intentado comérmelo con sumo cuidado, mordiendo justo en las grietas, partiéndolo en trozos equilibrados, en sus diferentes porciones perfectas.
La suya, la mía, la delos prados de otoño, la de las noches sin estrellas, la de las vértebras de gato y la delos días de fiebre.
Y lo he saboreado, con cariño ferviente, con reverencia en cada papila y pupila de mi gusto.
Se me han quedado los labios tan fríos… tan faltos de los tuyos, que he decidido devorar  también tus huesos, disfrutando con el sonido plateado de tus costillas, tibias y falanges chocando contra mi paladar, que se ha helado aún más deprisa.
Sorprendida entonces, he buscado dibujar con la punta de mi lengua tus orejas exquisitas, la delicadeza de tu oído, el melocotón de tu lóbulo.
Tus malditas orejas irresistibles.
Se me ha congelado la piel igual de rápido, ya no puedo moverme, ya no puedo acariciar la sangre que llevo de vestido, la sangre que llevo de esmalte bajo las uñas, tu sangre carmesí.
Mis parpadeos se hacen lentos, sólo espero que mis ojos se detengan abiertos para morir viéndote, viendo tu cuerpo profanado por mi miedo.
Viendo el vacío de tu pecho que ahora habita el castillo de mi estómago.
Te observo mientras se me caen las pestañas, mientras se me pudren las lágrimas en los nervios ópticos, mientras muere mi cerebro marchito.
Ahora comprendo que dos corazones son demasiado para un solo cuerpo.
Me arranco el mío.
Te lo insuflo.
Respiras.
Sonríes.
Frío.