"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

lunes, 27 de agosto de 2012

En el insuficiente frío, en la añoranza de invierno, giran las gaviotas como en un tiovivo.
Gritándome, gritándose, los coches gruñen con sus relinchos ahogados.
Es una mañana de mareas absurdas, de hojas cayendo sin haber otoño, de piel erizada y escalofríos en las rocas.
De perdición y espera. De estepa y aire espeso.
No llueve, nadie recuerda la sensación de huesos helados, de ropa inútil, de continuo llanto.

Margarita no ha perdido el invierno.
Aún tiene las pupilas grisáceas, el sol de medio lado, los dedos tan nítidos como focos de niebla y las piernas tan cálidas como un mechero nuevo.

En las yemas de sus manos deshoja una flor blanca, envidia la nieve el color marfil de sus mejillas de infinita sorpresa.

La miro y la veo.
Paso mi piel por la suya y la toco.
Suspiro y suspira. Y la escucho.

Sigue aquí. No se ha ido. Posa sus rizos en mi almohada y ropa en mi suelo y sus labios en mis labios.

Y aunque la ciudad me asfixie ella es una llama, una llama de frío, de temblores e incertidumbre.
Una llama a la que me acerco, con la que me fundo.

Ojalá fuera yo también llama para que Margarita se quedara conmigo eternamente.

Porque ya no puedo dejarla marchar.

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