"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

lunes, 2 de enero de 2012

Anye respira a tu lado siempre con esa irritante calma, las sábanas granates se han enredado a tus pies, no importa, hace tiempo que dejó de importar la ropa de cama, hace tiempo que dejó de importar la ropa en general.
Entreabres los labios que chascan y tomas aire de repente, por el rabillo del ojo ves su media sonrisa, siempre sabe cuándo vas a hacer algo, siempre.
-Seguro que hay una cosa que no puedes inventarte de la nada.
-¿Ah, sí?, me gustaría saber cuál es.
-El amor.
-¿Quieres probar?
-Bien.
-Haré que un hombre se enamore de ti locamente, haré que te necesite, que sueñe contigo por las noches, que no pueda seguir respirando si no es el mismo aire que tú, que sea capaz de todo y tú ni siquiera te moverás de mi lado.
-Imposible.-entrecierras los ojos y él enarca una ceja.
-Es más, te dejaré elegir, con total libertad.
-Leo, quiero a Leo.
-Bien, no me hago cargo de lo que sea de ti en mi historia.
-Cállate y empieza.-bufas, y antes de que un nimio enfado llegue a tu sangre Anye ya ha comenzado y si tu corazón no latiese de manera automática no habrías podido prestarle la suficiente atención, porque esa, como todas sus nubes de palabras, es otra realidad.

Pongamos que es un día de falso verano, un soleado Diciembre, como hoy.

Alguien llama a la puerta, te levantas del sofá, donde ha quedado, abandonada, una cerveza vacía, y abres la puerta. Es una mujer, su cara es familiar, su cuerpo no es nada especial y su voz no es fascinante. Debía de estar en la fiesta de Anye, entre otras tantas aspirantes a su atención.

La chica en cuestión, tú, te acercas con ese paso disimuladamente feroz y apoyas tu hombro en el marco de la puerta, cruzando una pierna de forma encantadora y le dedicas un parpadeo fugaz.

Sí, estaba en la fiesta, ya recuerdas, bebía un repugnante Martini de manzana mientras observaba a todo el mundo.

Puede que Leo se haya fijado en tu ropa, en esa blusa rosa con un botón de menos en el escote, en esos vaqueros ceñidos hasta los tobillos, en la horquilla que captura ese rebelde mechón de pelo que te tapa una fracción de pupila o en tus labios carnosos.

-Creo que esto es tuyo.-dice la chica y abre la mano mostrando tu anillo de bodas.
-Pasa.

Es una buena excusa para quitárselo de una vez por todas, Leo lo deja encima de la mesa y te ofrece algo de beber
Vuelve a fijarse en tu perfil, en la piel suave, en el risco de tu pómulo, en tu suave respiración, en la dilatación de tu pupila y en los círculos que dibuja tu mano en el sofá, peligrosamente cerca de su pantalón.
Leo parpadea un instante, de pronto es como si hubieras estado ahí escondida siempre, puede ver la puntilla oscura de tu ropa interior, el vapor de tus besos, las yemas de tus dedos. A través de tu blusa, abierta de manera indecente, incluso adivina la cicatriz blanquecina de tu corazón.
Y tú le miras, con gran intensidad, entreabres tus labios y justo en ese momento, cuando ya está a punto de tumbarte en el suelo enmoquetado le tiendes la mano y sales de su casa fugazmente.
-Esa ha sido la peor historia del mundo.- dices enfadada.
-El amor es así de tosco.
De pronto suena el teléfono, Anye se rie y en mitad de la conversación, activa el manos libres.
-Y estaba todo allí, fuego y bronce, sol y viento condensado en su piel desnuda Anye, y todo era cuestión de restar ropa y dividir piernas, una ecuación sencilla y simple, y yo…, yo… ¡Dioses!, necesito una ducha fría…no, no tiene gracia Anye, no la tiene, creo que me he enamorado, mucho más que de mi mujer, ¿te acuerdas de ella?, ¿la arpía rubia?
-Sí que la tiene Leo, la tiene porque esa es Ella.
-No me jodas, no, no, no, no te tomes literalmente ese comentario.
-No es un drama Leo, tíratela si quieres.
-¿Qué coño te pasa a ti Anye?
-¿A mí?, a mí nada.
-Mentira, ¿Me estás diciendo que tienes a, a esa… ¡Diosa!, y la vas a dejar ir? Nunca has sido un buen amigo asique no lo uses como excusa.
-Venga Leo, tampoco es para tanto, es sólo una mujer bonita.
-Eres idiota.
Leo te cuelga el teléfono. Te das la vuelta, en absoluto fascinado por el resultado de tu experimento.
-¿Quieres más pruebas?-te dice.
Niegas estupefacta poniendo inconscientemente una mano sobre la cicatriz de tu pecho. Ojalá nunca hubieras conocido a Anye.

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