"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

lunes, 24 de octubre de 2011

Toda la calle olía a pintura. La vi caminar acera abajo, con el pelo de hada volando como una
capa tras la espalda delgada, con los cristales de sus gafas Lennon destellando colores cegadores. Con las mejillas ausentes, con la respiración floja bajo el pecho.
Parecía haberse quedado estancada en unos eternos años sesenta.
Quedaba tan extraña su presencia en la ciudad… De todas formas le faltaba espíritu, sus pasos eran de un gris humeante, las falajes de sus dedos apenas sostenían las bolsas de colores neutros. La boca era inexistente, supérflua por completo, en una mueca abstraída y apática.
El mundo ha cambiado chica, adáptate o muere.
Taché su nombre de mi lista y seguí caminando mientras el tacto del aire me daba la espalda.

domingo, 23 de octubre de 2011

RainyMood.com: Rain makes everything better.

RainyMood.com: Rain makes everything better.

Even when you are far.

Buckowski

—Tu mujer confía en ti —dijo Meg.
—Sí —dijo Tony.
—Me pregunto si yo puedo confiar en ti.
—¿No te gustaría echar un polvo?
—Esa no es la cuestión.
—¿Cuál es la cuestión?
—La cuestión es que Dolly y yo somos amigas.
—Nosotros podemos ser amigos.
—De esa manera no.
—Tienes que ser moderna. Estamos en la edad moderna. La gente se divierte. Se desinhibe. Joden de
mil modos. Se tiran perros, niños, pollos, peces...
—A mí me gusta escoger. Tengo que sentirme interesada.

—No seas pueblerina. Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo mucho tiempo,
cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.
—¿Y qué? ¿Qué tiene el amor de malo, Tony?
—El amor es una forma de prejuicio. Amamos lo que necesitamos, amamos lo que nos hace
sentirnos bien, amamos lo que es conveniente. ¿Cómo puedes decir que amas a una persona
cuando hay diez mil personas en el mundo a las que amarías más si llegases a conocerlas? Pero
nunca las conoceremos.

domingo, 9 de octubre de 2011

Borges

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido

El Aleph, cuento de Jorge Luis Borges

 

jueves, 6 de octubre de 2011

101

Al otro lado, una respiración desorientada y perdida, como si el aire se confundiera a propósito entre las líneas stelefónicas para no dejar llegar la inmensidad de su dolor.
No sé si lloras, no sé si sigues.
No sé por cuanto tiempo seguirás amando, me.