"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

domingo, 7 de agosto de 2011

Baby you can drive my car.

La primavera había llegado demasiado pronto a la ciudad, silenciosa, como un sueño, verde y bonita. Para J había aparecido a traición, sin avisar, de bonita era cruel, de verde, era sucia, de viva la hacía sentir muerta.
Caminó, pisando las hojas, deseando destrozarlas como corazones relucientes, cortarlas con el sonido de su agónico silencio perpetuo. Sólo quería que el mundo estuviera tan frío y solo como ella.
El invierno había sucedido al verano, y este a otro invierno, un precioso invierno nevado, cuando su cuerpo aún latía, y después una primavera de cuento, cuando de latir pasó a desenfreno, y el temible y angustiante verano de su vida.
Después, nada. Otoño e invierno se confundían en su memoria estancada en azul, perdida en el laberinto de pestañas y puñales de cristal suave, de colores de calidoscopio. Y entonces cero, sola de nuevo.
Ahora la primavera había vuelto, y no quería llegar al fin de su año, no quería que Agosto volviera nunca jamás, si hubiese querido, habría odiado el verano, pero ni siquiera tenía ganas de eso.
Ella, que había sido tan feliz lo había perdido todo. No quería nada de la vida, no esperaba nada de la existencia cruel y absurda del ser humano.
Apretó el papel contra su corazón, bajo el jersey que se negaba a guardar en el armario a pesar de la alta temperatura humeante. Apretó el papelucho, ya casi transparente de llorar sobre él, amarillento del tacto de sus manos, asfixiado por su mejilla y la almohada.
Después de contar por tres veces el latido de su corazón, sin encontrarle sentido alguno, lo tomó por señal y se acercó a la barandilla del puente sin prisa, después de todo, nadie tiene nunca prisa por morir.
Se acercó y subió los pequeños pies a los barrotes de hierro y soltó las manos, suspendida en el aire por su voluntad extraviada. Cerró los ojos, no quería ver el agua acercarse por muy amable que pareciera. Apretó los dientes, tampoco quería gritar.
Suspiró.
Suspiró tres veces y se dejó caer, hacia atrás, se aferró a los barrotes a los que había prometido tantas veces su final y cayó de rodillas en el suelo arenoso clavandose un par de piedras.

De sus pulmones salió un inmenso quejido, como el que hace un animal malherido que se arrastra, las mejillas se le tensaron y mordiendose un puño lleno ya de cicatrices dejó salir las lágrimas de sus ojos anudados al dolor. Con el otro brazo se sujetó las costillas, temiendo romperse en dos y dejó vagar la frente hasta el duro metal.

Así firmó J su intento fallido número trescientos veintidós, en el mismo lugar por el que él la había abandonado en su nuevo y reluciente descapotable rojo.

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