"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

domingo, 12 de junio de 2011

Rosa

Salón rosa, pared pastel con adornos de dorado barato, lámparas de cristal y falsas columnas de mármol mentiroso.


La figura, en el medio, sola, solitaria, desolada y otra vez sola.

Las ventanas pequeñas, altas, flacas, con nubes de salvapantallas, oscuras y grises.

La piel del sujeto del mismo ceniza, hastiado, irrespirable, ahogándose. El pelo castaño, más largo en las patillas, hace rizos que parecerían graciosos para alguien que quisiera vivir, y tapa las cejas de eterna expresión adusta.

En los ojos, pincelada, la desesperación con sus matices verde-rojos.

En las manos la muerte y la vida, como esferas de luz sosa y sepia, sin importancia, supérfluas habría dicho si quisiera hablar, pero suspirar ya supone suficiente esfuerzo para su ego cansado.

No entiende el sentido de la vida, ni porque es tan difícil ir más allá de la pura supervivencia.

Se siente como una gota de aceite en un mar de aguas blancas, intenta mezclarse, lo intentó con todas sus fuerzas hasta que lo limitaron a una esquina sin sombras.

La luz le cegó, se cegó, en la palabra irónica, en la rutina absurda, en el social desprecio y en ella.

Y ella le abandonó, ¿Cómo pudo?, ¿Porqué?, ¿Porqué mintió?, dijo que le querría siempre, siempre, siempre, siempre, y le dejó, le tiró, le olvidó en una esquina más sucia y más pequeña y duele.

Le dejó como a un perro viejo por un cachorro más simpático. Es el feo danés de mirada triste frente al cachorro Golden modelo.

Y ahora está más perdido en sí que cuando se perdía en el todo.

Pobre crío, mirando un futuro que no quiere vivir y un pasado que jamás vivió, como en una neblina desfasada y brillante.

Pobre crío, sentado, con teclas de piano por dientes, con besos de niño por labios, con furia, con furia por brazos inertes.

Pobre crío, solo, solitario, solo.

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