"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Cobardía.

Un paso tras otro, el pie en el suelo, al compás de la respiración, del sonido de la ciudad, del caos creativo de la multitud, otro paso más, y otro, y otro, y pasar los minutos en la corriente del llevar, el guiar, el caer, el escuchar, sincronismo desordenado en las calles abarrotadas de sol, placer, miedo y pesadillas andantes de materialismo y superficialidad.


Chocas con un hombro sin dueño, que camina sin ver, sin mirar, oyendo sin escuchar, rubio, alto, trajeado, como los demás, te ves en el reflejo de un escaparate que invita al consumismo, al desperdicio y a la codicia, a los rangos sociales y la falsa compasión, a la crueldad.

Pelo largo, castaño, liso, ojos oscuros, raya negra, vaqueros, camiseta blanca y chaqueta gris, igual, clon, exactamente mediocre, en el fondo unos ojos verdes te miran, ves cambio en ellos, desafío, apartas la mirada de la rebeldía, del caos real, de la sensación de ser culpable por no destacar, te mira como si te reprochase algo, con odio a tu vida, a tu conformismo, ahora podrías hacer algo, deberías hacer algo, cambiar, pero no, sigues andando, dejando a tras el pánico, al mendigo de los ojos bosque, al relegado de la sociedad, al fracaso, y sigues caminando en medio de la gente, sola, como todos los demás, en sociedad, en tu escalón, dejando que te pisen, a su gusto, rindiéndote siempre, una y otra vez, un paso tras otro.

martes, 7 de septiembre de 2010

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Observó el humo elevarse en ondas sin sentido y un ligero olor a menta invadió la habitación, sin permiso de su sensatez su corazón lo comparó con otro olor, con ese olor extraño, el de su piel, el de su ropa, la ceniza del incienso cayó incandescente a la tabla decorada con hojas doradas brillantes, las increíbles formas hipnóticas y grises que se alejaban hacia el techo y una foto tras otra en la auto tortura de los domingos, en la habitual nostalgia y la falta de algo, en la sensación de siempre, de la estúpida manera de ser diferente, y del horrible deseo de ser una más en todos los sentidos, una como cualquier otra, con tacones y faldas ajustadas, con los ojos de negro brillante y los labios con brillo de sol, de las risas, las copas y los juegos en las noches de sábado, miró sus vaqueros desgastados, la camiseta vieja y la sencilla chaqueta gris, los pies descalzos cruzados sobre el suelo y las manos largas y delgadas en pelea con las teclas tratando de comprender como podía ser tan egoísta, tan inconformista, como podía ser tan desagradecida en suma, tenía una familia no perfecta, pero feliz, dos casas, un perro, abuelos, primas y una hermana, tenia habitación propia, buenas notas, viajes al extranjero, regalos de navidad, comida, dinero, coche, tenía todo lo que podía desear realmente, le tenia a Él, unas amigas geniales, se le daban bien bastantes cosas, y aun así, muchas noches deseaba experimentar la falsa libertad adolescente, si, por mucho que intentase negarlo, en el fondo, era igual que todas las demás, únicas en si, pero difíciles de aprecia

lunes, 6 de septiembre de 2010

Los tacones imposibles el menor de los retos

Adoro las estupideces, sí, las pequeñas cosas, esas que parecen no tener importancia pero son las que realmente marcan una decisión, cuando rompes una hoja de papel y cierras los ojos ante el sonido del desgarre, ligero y áspero, cuando escuchas el rozar del lápiz contra la blanca hoja siseante, susurrando las palabras supérfluas con negro carbón, las respiraciones en un abrazo, el aliento del otro en tu mejilla en un beso, el pecho del otro contra tu hombro al mismo tiempo que el tuyo se eleva, una mano en tu cintura sujetándote y acariciandote vacilante, esos instantes de duda antes de una mirada, una risa, un susurro que es la mejor manera de hablar, la que más expresa, la del riesgo.

Me encantan las idioteces del tipo apuntar algo en un pizarra para borrarlo lentamente con la punta de un dedo, el sonido del abrir y cerrar de un abanico, o el chasquido de una tecla suelta en un ordenador, cualquier palabra dicha en voz baja, en secreto, las burbujas de jabón, el agua mojándo el pelo hasta empaparlo y como se escapa el vapor al abrir la puerta tras una ducha caliente.

Me pierden los textos llenos de palabras sin sentido ni orden, lluvia, polvo, olor, perfume, suave, mar, puerto, susurro, manta, miel, sal, azul, azar, menta y sensacion.

Realmente me parece una palabra absurda, nada es real, no a menos que puedas demostrar que tu mismo lo eres, mis ideas suelen ser enrevesadas, me encanta esa vieja palabra, tanto que a veces ni yo logro ponerlos en orden, mis sueños son ilogicos, hace tiempo que dejé de buscarles sentido.

Mi palabra favorita es sin duda ÉL, tan concreta y tan abstracta, tan ambigua, tan polivalente, tan llena de palabrejas que podria describirla sin llegar a decir nada sobre ella realmente, las pequeñas cosas me vuelven loca, el aire fresco, el polvo y la lluvia la combinacion perfecta para un perfume, la ropa de hombre la más acogedora, los tacones imposibles el menor de los retos.