"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

jueves, 19 de agosto de 2010

Y se sentó allí...

Y se sentó allí, en ese mismo lugar en el que unas veinte horas antes había estado con Él, en el mismo pedazo de muro, viendo el mismo mar, escuchando el mismo sonido del mismo viento, observando los mismos barcos, sonriendo ante el mismo lugar, pero la luz ya no era especial, si, era bonita, era un lugar precioso, pero sin Él sentado, mirándola dibujar, Ella ya no sentía lo mismo, algo melancólico la invadió y se autonombró tonta mientras recordaba su voz diciendo, “más verde”, “más verde”, se rió de su propia estupidez y contó las horas que le quedaban para verle de nuevo, tan solo 22, 22 largas horas, 22 interminables horas, quizás ya había pasado un minuto, uno menos pensó escuchando una canción tras otra para no pensar, sabiendo que la noche sería larga, y el día aun más, que los nervios la invadirían de nuevo y se reiría como una tonta, nada de esa sonrisa tímida que Él adoraba, que la respiración se le cortaría cuando se acercase en el sofá, que sonreiría par sí misma viendo sus ojos reaccionar ante una película que ya había visto unas cuantas veces, pero que vería otra vez, y otra si ello significaba tenerle cerca, sin hablar, solo a su lado, solo ellos dos en su pequeño universo particular, solo un día más del verano, solo otro día perdido antes de decírselo todo, y suspiró intentando prestar atención a la conversación a su lado y se rio tapándose los ojos con la mano, con vergüenza y algo de frustración, intentando apartarle de su mente un segundo, porque Él era su droga y Ella no estaba dispuesta a dejarle escapar.

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