"Yo sola entre los Dioses conozco la llave de la estancia donde está sellado el rayo." Roberto Calasso.

martes, 20 de julio de 2010

Tinta roja

A veces la vida parece un papel en blanco, un papel que necesita de alguien que le de calor, alguien que escriba su historia en él, alguien que sea la pluma, el escritor, el que sueña, el que encuentra cosas pequeñas más allá de todo y la valora.

Cada pluma necesita tinta, todas esas personas que se cruzan en nuestra corta existencia tienen la capacidad de dejar una letra, frase o incluso un párrafo completo en la hoja, ya sea su paso fugaz o se queden mucho tiempo, quizás incluso algunos se queden desde el principio hasta que la carta se termina.

Por último, cada papel necesita su sobre, un sobre sencillo, resistente, y que se pueda cerrar, cerrar para nunca volver a abrirse.

Mi papel tiene pocas lineas, lineas borrosas, llenas de secretos, lineas que no dicen nada si no las lees con atención, lineas que cualquiera podría leer si aprendiese a hacerlo.

La tinta de mi carta es de muchos colores, azul oscuro, fuerte, seguro de esas pocas personas que se quedaran siempre, negro de aquellas que han estado poco tiempo pero intensos momentos a mi lado, lineas casi transparentes de aquellos que me guían, casi las más importantes, incluso un par de lineas de color verde que aparecen de vez en cuando para rectificar algo, para cambiar los matices del color de la carta.

¿Falta una verdad?, aún falta la tinta roja, si, la que aparece y desaparece sin dejar rastro, que parece que quiere escribir pero no se decide, esa tinta que tendría que dar espontaneidad, color, pasión y palabras poéticas a mi carta.

Aún espero que en los próximos párrafos ese color aparezca fuerte y teja junto con los otros la carta de mi felicidad.

El sobre en el que meteré mi carta será dorado, verde y caoba, sencillo, pequeño y especial, con olor a lluvia y textura de nube, con el tacto de la tierra mojada y el sonido de alguna canción olvidada, con los versos de un poeta y los ojos azules de un niño pequeño, un sobre que se cierre fuerte y no me deje escapar.

Y la carta caerá en la brisa de algún patio olvidado buscando una señal, "si", "no", "Quizás", "en otro lugar", "en otro momento".

viernes, 16 de julio de 2010

El olor...

Cerró los ojos y posó la mano sobre el cristal, el agua corría rápido unos centímetros más allá, casi podía tocar las nubes, la niebla cegaba el paisaje.

Abrió los ojos y entre las pestañas, oscuras y espesas, atinó a a adivinar los árboles más abajo.
El vértigo de la bajada le dejó una sensación salvaje en el estómago, el verde oscuro y brillante de la selva mejicana, húmeda e indómita se enredó con la bruma celeste oscura, ya podía ver la tierra mojada de los caminos, la tierra del nuevo mundo, el del oro y los mayas, el Méjico de su infancia, el de sus sueños, el del aire espeso y el olor a selva, dulce y envolvente.

Horas más tarde la lluvia repiqueteaba musical en el techo de hojalata del vagón, el agua se colaba por las puertas, jugando a mojar el brillante suelo, a chispear los vestidos de las señoras americanas que sonrieron ante un comentario del conductor.
Cerró los ojos e inspiró de nuevo el aroma de su hogar, el cálido perfume del país del sol dorado y las pirámides de piedra, el olor que nunca había podido olvidar, sonrió, había regresado, al fin, había regresado.

P.